Formas, líneas, perspectiva, encuadre e iluminación, son algunos de los elementos a trabajar para lograr la armonía dentro del cuadro. Un objetivo que muchas veces tiene una implicancia que va más allá de lo meramente estético, puesto que muchas veces forzamos un encuadre con el fin práctico de incorporar espacio para un recorrido o simplemente ocultar un trípode o los cables del alumbrado, traicionando de esta manera la meta de crear imágenes que provoquen una lectura expedita y aporten de manera equilibrada la información que se requiere entregar. Lo que buscamos con la composición es la armonía, es decir, dar un orden a los elementos para de esta manera conseguir un equilibrio o quizás desequilibrio que contribuya a la narrativa de nuestro relato. Un aspecto relevante en el momento de analizar la composición, es la lectura del cuadro por parte del espectador y la existencia de cierta jerarquía que es básica para que ésta se realice de manera efectiva. Encontramos, entonces, distintos puntos de atención en donde prevalece lo que está más iluminado por sobre lo que está oscuro, lo que es más grande sobre lo más pequeño o lo que se encuentra aislado sobre lo que se confunde en la masa. Aunque todo esto parezca una observación tan básica, podemos encontrar aquí pequeñas directrices que nos darán el sentido de la prioridad, escalón primario al momento de comenzar a componer y que nos lleva a preguntarnos qué es lo realmente importante en un determinado plano: un lugar, un detalle, una expresión, un contexto o sólo una determinada acción. A partir de esto ya podemos trabajar de forma más específica en puesta en escena, arte, iluminación, disposición de colores y todos los pequeños detalles que le dan valor agregado y sentido al cuadro.