Si queremos comprender lo que sucedió, debemos cuidarnos de las engañosas certezas del ahora. Como nos advierte el narrador de El mensajero, la novela de L. P. Hartley, "el pasado es un país extranjero: allí se hacen las cosas de manera distinta". Tendemos, por ejemplo, a juzgar la guerra fría desde la muy diferente perspectiva de un mundo unipolar y escéptico, por lo que se nos hace difícil comprender la pasión y la acorazada intransigencia con que los partidarios de una u otra concepción del mundo defendían sus posiciones, apremiados por un contexto en que el ajuste final de cuentas parecía inevitable.